Silla vacía

Dora: la paciente que se levantó del diván

En 1900 llegó al consultorio de Freud una joven de dieciocho años a la que llamó Dora. La llevaba su padre, preocupado por sus síntomas: afonía, tos persistente, decaimiento.

El tratamiento duró once semanas. Ella lo interrumpió sin aviso, un día de diciembre, y no volvió.

Freud publicó el caso de todos modos, con el subtítulo honesto de “fragmento”. Y ese fragmento sigue siendo, más de un siglo después, uno de los textos más discutidos del psicoanálisis. No por lo que Freud acertó, sino por lo que no vio.

La situación

La familia de Dora estaba enredada con otra, los K. El padre de Dora mantenía una relación con la señora K. Y el señor K., por su parte, había hecho avances sobre Dora desde que ella tenía catorce años.

Cuando Dora se lo contó a su padre, él prefirió creerle al señor K., que lo negó todo. La versión oficial en esa casa fue que la muchacha imaginaba cosas.

Ahí es donde empieza el problema, y no es un problema de Dora.

Lo que Freud escuchó y lo que no

Freud escuchó el conflicto interno. Interpretó que los síntomas de Dora expresaban deseos que ella no aceptaba, incluido cierto deseo hacia el señor K.

Lo que pesó menos en su lectura fue lo evidente: que a una adolescente la habían acosado, que su padre la había entregado como moneda de cambio para conservar su propia relación, y que cuando lo dijo, nadie le creyó.

Dora se levantó del diván porque, otra vez, alguien con autoridad le estaba explicando qué le pasaba en realidad. Su síntoma más contundente no fue la afonía. Fue irse.

Por qué el caso sobrevivió

Podría haber quedado como un error incómodo. En cambio se convirtió en material de estudio permanente, y por una buena razón: Freud publicó su propio fracaso con suficiente detalle como para que otros pudieran ver dónde falló.

De ahí salió una de las nociones más importantes del oficio, la contratransferencia: lo que el analista pone de su parte, sus propios puntos ciegos, y que también opera en la sesión.

Lo que deja para hoy

Que interpretar puede ser otra forma de no escuchar.

Que cuando alguien cuenta algo que le hicieron y la respuesta es una explicación sobre su mundo interno, se repite exactamente lo que ya le pasó afuera.

Y que a veces el paciente tiene razón y se va. Eso también es información.

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