Tony Soprano y el hombre que no podía llorar
La serie empieza con un hombre enorme sentado en un consultorio, incómodo, explicando que se desmayó. Es capo de la mafia de Nueva Jersey y acaba de tener un ataque de pánico mirando unos patos en su alberca.
Que ese sea el arranque no es casualidad. La serie entera va a girar alrededor de esa desproporción: un hombre que puede ordenar cosas terribles sin que le tiemble el pulso y que se derrumba frente a unas aves que se van.
El síntoma llegó puntual
Los patos habían anidado en su alberca y él los cuidaba con una devoción que a él mismo le daba risa. Cuando levantaron el vuelo, se desmayó.
Es un ejemplo de manual de lo que ya hemos hablado sobre el síntoma: la reacción no corresponde al tamaño del hecho. Y cuando eso pasa, es porque el hecho está tocando otra cosa.
Le tomó temporadas poder decirlo: los patos eran su familia yéndose. Y detrás de eso, algo más viejo.
La madre
El personaje de Livia es de los mejores retratos que se han hecho de una madre destructiva sin gritos. No golpea, no insulta de frente. Se queja. Se hace la víctima. Deja caer frases que envenenan y luego niega haberlas dicho.
Tony pasa la serie tratando de conseguir de ella algo que nunca va a llegar, y al mismo tiempo defendiéndola de cualquiera que lo señale. Esa combinación, lealtad feroz hacia quien te daña, es de lo más difícil de mover en un análisis.
La transferencia hecha guion
La relación con su terapeuta es un catálogo de todo lo que puede aparecer en un tratamiento. Se enamora de ella. La idealiza. La quiere corromper. La amenaza. Le miente. La usa para justificarse.
Y ella pasa la serie sosteniendo un encuadre imposible: escuchar a alguien que hace lo que él hace, sin volverse cómplice.
Por qué termina como termina
Sin arruinar nada a quien no la ha visto: el desenlace terapéutico de la serie es de una honestidad brutal, y va contra lo que el público quería.
Una terapia no garantiza que alguien cambie. Puede darle a una persona un vocabulario nuevo para entenderse, y esa persona puede usarlo para hacer exactamente lo mismo, con mejores palabras.
Entender no es transformarse. Es apenas la puerta, y muchos se quedan parados ahí.
