El síntoma no es el problema: es la salida que encontraste
Todo el mundo llega a terapia queriendo quitarse algo. La ansiedad, el insomnio, el atracón, la manía de revisar el teléfono, el dolor de estómago que ningún estudio explica.
Es razonable: eso duele y estorba. Pero si el síntoma fuera solo un estorbo, se iría con desearlo, y no se va.
Un síntoma es una solución de emergencia
El psicoanálisis parte de una idea incómoda: el síntoma no es una falla del sistema, es el sistema resolviendo algo como puede.
Alguien que no puede dormir a veces está evitando soñar. Alguien que se llena de trabajo puede estar impidiendo que aparezca un silencio donde algo se escucharía. Alguien que come de noche quizá encontró la única forma de estar acompañado a esa hora.
Ninguno lo decidió. Nadie elige un síntoma. Pero el síntoma cumple una función, y por eso resiste.
Por qué no basta con quitarlo
Aquí está la razón de que tantos intentos fracasen. Si un síntoma está sosteniendo algo y lo arrancas sin más, lo sostenido se cae, o aparece otro síntoma que ocupa el mismo lugar.
Es la historia clásica: la persona deja de fumar y empieza a comer. Deja de comer y empieza a comprar. El envase cambia; la función no.
Por eso la primera pregunta útil no es cómo lo elimino, sino qué estaría pasando si esto no estuviera.
El síntoma habla
Freud escuchaba los síntomas como si fueran frases mal escritas: dicen algo, pero en un idioma que se olvidó.
Una parálisis que aparece justo el día de una decisión. Un dolor que llega puntual a las mismas fechas cada año. Una tos que solo se presenta en presencia de cierta persona.
El cuerpo suele ser más honesto que la agenda.
Entonces qué se hace
No se trata de quedarse con el síntoma ni de romantizarlo. Se trata de que, antes de pelearse con él, valga la pena preguntarle a qué vino.
Cuando eso que sostenía se puede decir con palabras, el síntoma pierde el trabajo. Y a veces se va solo, sin que uno haya hecho nada más que entender.
